miércoles, 8 de octubre de 2014

Resumen del Libro Autoridad Espiritual


RESUMEN DEL LIBRO "AUTORIDAD ESPIRITUAL"
DEL AUTOR: WATCHMAN NEE.





Este es un libro muy importante que todo cristiano debería leer con detenimiento, pues contiene muchas enseñanzas tanto teóricas como prácticas que son útiles para la vida diaria y para el éxito en cualquier tarea que emprendamos como siervos del Altísimo. 


LA AUTORIDAD Y EL PECADO CONTRA ELLA: LA REBELIÓN:

El autor explica el principio de autoridad que rige el mundo espiritual, donde existe una jerarquía encabezada por un Dios Triuno, luego los seres espirituales creados por él, y en tercer lugar nosotros los humanos que también tenemos espíritus y almas.

Enfatiza el significado de la rebelión como pecado contra la autoridad y estudia varios casos de ella expuestos en la Palabra de Dios, así como el ejemplo dado por nuestro Señor Jesucristo, quien fue “obediente hasta la muerte, y muerte de cruz”, habiendo aprendido la obediencia por medio del sufrimiento, sin participar nunca del pecado de rebelión.

Analiza que nuestro Señor Jesucristo cuando estaba entre nosotros se sometió a las autoridades gubernamentales y también religiosas de su época.

Sostiene que el creyente tiene que tener un encuentro con la autoridad de Dios para que en consecuencia pueda someterse a las autoridades que Dios ha delegado, y que la sumisión sólo es posible si el creyente vive en el Espíritu. Además se nos advierte acerca de la resistencia a la autoridad.

También explica que el quebrantamiento de las leyes de Dios se refiere a la actitud del corazón, mientras que el pecado se refiere a la conducta del creyente y que la desobediencia siempre es rebelión, afirmando que esta se manifiesta en una persona por las palabras que salen de su boca. Es más fácil hablar palabras rebeldes que realizar actos rebeldes.


SOMETIÉNDONOS A LA AUTORIDAD DE DIOS Y A LA AUTORIDAD DELEGADA:

Nadie se puede someter a Dios y obviar someterse a la autoridad delegada por Él, ya que desechar la autoridad delegada es lo mismo que desechar directamente a Dios, y esto siempre acarreará pérdida del poder espiritual del rebelde.

Para los creyentes que sirven a Dios, someterse a las autoridades que Él ha delegado es vital, de lo contrario puede venir la ira de Dios contra ellos, como sucedió con Nadab y Abiú, Cam el hijo de Noé, o Aarón y María. La diferencia entre servir a Dios y “ofrecer fuego extraño” está en la actitud del que lo ejecuta, ya que en este último caso la persona no se somete a la autoridad de Dios y esto siempre termina en la muerte. Servir a Dios sin someterse a su autoridad delegada es actuar en forma independiente y separada de Dios mismo, y esto no le agrada, ya que pecar contra la autoridad delegada es pecar contra Dios, y la injuria contra ella trae como resultado la pérdida del poder espiritual.

“La autoridad no es un asunto de instrucción externa sino de revelación interna” afirma el autor. El desconocimiento de la autoridad es muy peligroso. “El pecado de rebelión es más grave que cualquier otro pecado. Cada vez que el hombre resiste a la autoridad, Dios ejecuta juicio de inmediato.”

Además de esto, el fracaso de la autoridad delegada por Dios, pone a prueba la obediencia del creyente, y de esa forma revela el corazón del mismo ante Dios, ya que este debe tomar la decisión de seguir sujeto a la autoridad (aunque haya fracasado) o rebelarse contra ella. El autor expone el caso de David, quien no se atrevió a matar a Saúl porque este era el “ungido de Jehová” como rey de Israel, aunque eso significaba un retraso en el cumplimiento de los propósitos de Dios para su propia vida y la de su pueblo.

De modo que el autor expone un principio que se enuncia de la siguiente manera: “la sumisión a la autoridad no consiste en someterse a una persona, sino en someterse a la unción que está sobre esa persona, la unción que vino sobre ella cuando Dios la ordenó como autoridad”. El que es insubordinado en su corazón siempre espera que caiga la autoridad, lo cual revela su corazón rebelde. Esto no debe suceder en la iglesia, pues el Señor espera de nosotros obediencia de corazón, y así nos diferenciaremos de los incrédulos.

Se afirma que los cristianos no estamos llamados solamente a creer en el Señor sino también a obedecerle, dejando fuera toda desobediencia o rebelión. 

Es necesario que nos sometamos a todas las autoridades establecidas por Dios en los diferentes niveles de nuestras vidas: en la familia las mujeres casadas deben estar sujetas a sus maridos, los hijos a sus padres, y en general todos obedecer a los gobernantes y a las autoridades delegadas que Dios ha puesto en la iglesia.

Esto sin importar si dichas autoridades son justas o injustas, ya que nuestro papel sólo consiste en obedecer (lo contrario sería rebelión), y ellas tendrán que dar cuenta a Dios por su conducta. Es así como Dios no nos considera responsables si la autoridad que está sobre nosotros comete un error.

El autor expresa que la única excepción está en Hechos 5:29, cuando Pedro dijo: “es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres”.

También asevera que Cristo es la obediencia y también es la autoridad. Cristo (la cabeza) no subyuga a la iglesia (su cuerpo) sino que entre ambos hay una relación de estrecha armonía y natural obediencia. La distribución de funciones en los miembros de la iglesia (el cuerpo de Cristo) es también una forma de delegación de autoridad.

Respecto a la rebelión, alega que la rebelión del hombre se encuentra fundamentalmente en su pensamiento. Todos los que tienen un encuentro con Dios deben desechar sus propios razonamientos, y basar su conducta en la obediencia, pues Dios es soberano, y no tiene necesidad de consultarnos ni de que aprobemos lo que Él quiera hacer. Esto lo alcanzamos si tenemos en cuenta nuestra bajeza al compararnos con el Creador. Necesitamos eliminar el conocimiento del bien y del mal que viene de Adán y someternos a la autoridad de Dios.

En este sentido encontramos que el encuentro con la autoridad de Dios produce en la persona la desaparición de sus muchas opiniones y razonamientos. Debemos estar prestos a escuchar y obedecer, no a pensar y decidir. Decir como Pablo: “Señor, ¿qué quieres que yo haga?” es la actitud correcta. Esto nos dará verdadera libertad. Todos deberíamos ser tan disciplinados como para no dar consejos, no argumentar, ni hablar descuidadamente.

Tampoco debemos escoger a cuál autoridad obedecer, sino que debemos someternos a todas las autoridades gobernantes.


DIFERENCIA ENTRE SUMISIÓN Y OBEDIENCIA:

Según el autor, la sumisión es una actitud del corazón, y la obediencia se refiere a la conducta manifiesta de alguien. Aunque siempre debemos someternos a la autoridad delegada, no siempre debemos obedecerla, pues la excepción está en el caso de que dicha autoridad nos ordene hacer algo que vaya en contra de los mandamientos o principios de Dios.

Dentro de la iglesia tiene que haber subordinación aunque existan diferentes opiniones, de otro modo no podremos tener unidad en la fe.



SER AUTORIDADES DELEGADAS:

El autor enuncia tres requisitos para ser autoridad delegada:

 1. Conocer que toda autoridad proviene de Dios, quien es la máxima autoridad. Si la persona reconoce que el ser autoridad delegada proviene de Dios, que no hay ningún mérito en sí misma que sea suficiente para lograrlo, será reconocida por Dios como siervo suyo y reafirmado su mandato. Dios respalda y defiende a sus autoridades delegadas, por lo que éstas no tienen necesidad de defenderse a sí mismas ni tratar de imponerse sobre otros, quitándoles así su libertad. La evidencia de la autoridad que le es dada a una persona es la revelación de Dios en su vida.

2.  Negarse a sí mismo, ya que fue llamado a representar a Dios, no a sustituirlo. Esto no significa que la persona no pueda tener opiniones ni pensamientos, sino que su intelecto, opiniones y voluntad deben ser quebrantados delante de Dios. Ser autoridad delegada es representar a Dios mismo, por ello debemos cuidarnos de que nuestras actitudes y actos no den una impresión errónea del carácter del Señor, porque si así fuera Él tendría que reivindicarse a sí mismo y por ende nos apartaría de la autoridad. Ser autoridad delegada no es fácil, porque requiere despojarse a sí mismo. La persona que es autoridad delegada debe tener un carácter manso, humilde, sin espíritu juzgador, sino más bien lleno de benignidad. El ejemplo más claro, aparte del Señor Jesús, es Moisés.

  3. Mantenerse en comunión y comunicación constante con el Señor. Si se interrumpe la comunión, cesa también la autoridad.

Expone que para ser autoridad delegada dentro de la iglesia es necesario no sólo ser ungido por Dios, sino también ser ungido por el pueblo de Dios, ya que nadie puede promoverse a sí mismo ni imponerse a otros.

Un principio importante es que aunque alguien sea escogido por Dios para ser su autoridad delegada, delante del Señor es igual que el pueblo que gobierna.

También acota que el hombre de autoridad establecida por Dios puede soportar la provocación y la ofensa, y que el más obediente es el más calificado para estar en autoridad.


EL MAL USO DE LA AUTORIDAD:

Mientras más autoridad delegue el Señor, más severo es con quienes la ejercen. En esto se aplica la palabra que dice que “A todo aquel a quien se haya dado mucho, mucho se le demandará; y al que mucho se le haya confiado, más se le pedirá.” Lucas 12:48

Por lo tanto, los que son autoridad delegada no deberían decidir ni expresar nada sin antes conocer la voluntad de Dios en el asunto particular objeto de la decisión.

El autor indica además que “la autoridad de uno delante de los hombres es igual al ministerio de uno delante de Dios. La medida del ministerio determina la proporción de la autoridad.” El ministro tiene que conocer la cruz y la resurrección, ya que así podrá someterse (cruz) y representar a Dios (resurrección).


LA ACTITUD DE LA AUTORIDAD DELEGADA:

El autor recuerda que el Señor Jesús enseñó en Marcos 10 que el estar en autoridad depende de la voluntad de Dios, y que además el que quiera gobernar a otros debe hacerse siervo de todos. También en el huerto de Getsemaní, señala cómo el Señor Jesús llega a la cumbre de su obediencia, buscando en oración saber si su propia crucifixión era realmente la voluntad de Dios, para así obedecerle sea cual fuere esta, como en efecto hizo. Esto significa que primero hizo morir su propia voluntad humana, buscando la de Dios, a fin de obedecerla y que así brotara la vida de la resurrección.

En relación a la actitud de la autoridad delegada, el sentimiento de incompetencia e indignidad son las condiciones de ella, ya que Dios no confía su autoridad a quien se cree justo y competente. Mientras más humildes seamos, más podrá Dios usarnos. Mientras más orgullosos y vanidosos seamos, menos podrá Dios usarnos.

Además la autoridad delegada también debe santificarse a sí misma, como el Señor hacía (Juan 17:19). Debe estar dispuesto a abstenerse de muchas cosas que le serían perfectamente lícitas, de modo de ser refrenados por el Espíritu de Dios, para poder ser ejemplo de todos, sin llegar a considerarse especial o superior a los demás hermanos por esto. Las autoridades delegadas tampoco deben manifestar sus propios sentimientos u opinar o actuar descuidadamente o con rebeldía, sino más bien deben alabar al Señor por ver su gloria.  No deben hacer nada que de rienda suelta al desenfreno. Dado que la autoridad se basa en la santificación, mientras mayor es la autoridad, mayor debe ser la separación de la gente común.

Afirma que Dios no permitirá que sus autoridades delegadas actúen inmoderadamente, sino que estas deben tener el temor de Dios dentro de sus corazones. Por lo tanto, hay límites en todas las esferas de la autoridad establecida por Dios, por ejemplo hay límites y lineamientos en la relación esposo-esposa, padres-hijos, amos-esclavos (llevándolo a la actualidad sería patrono-trabajador), gobernadores-gobernados, autoridades delegadas en la iglesia-resto de los creyentes. Estos son muy importantes pues están en la Palabra de Dios y todos los creyentes deberíamos conocerlos.

También el autor acota que Dios no tiene la intención de que la iglesia sea la que gobierne en éste tiempo, como algunos predicadores afirman. Esta acotación la basa en que en el Nuevo Testamento no hay instrucciones para la iglesia sobre cómo ser gobernantes. En cambio en el Antiguo Testamento sí hay instrucciones para gobernar y son hacerlo con rectitud, imparcialidad, justicia, y cuidar de los pobres.

Finalmente, el autor nos exhorta a que seamos santificados en vida y conducta, que salgamos fuera de lo común, apartados para Dios, a fin de que tengamos utilidad en el ministerio. Que paguemos el precio de la autodisciplina para conseguir el respeto y evitar el menosprecio de los demás, a fin de representar de forma adecuada a Dios. No exaltándonos, pero tampoco permitiendo que nos menosprecien.



  
REFLEXIÓN FINAL


Que Dios nos ayude a vivir como Él quiere que vivamos, que nos libre de pensamientos, actitudes y palabras rebeldes, ya que “los rebeldes habitan en tierra seca”. Y que tengamos en nosotros el temor de Dios para refrenar todo nuestro ser en disciplina y ser enseñados por el Espíritu Santo, y así hacer la voluntad de Dios en nuestras vidas.




SOBRE EL AUTOR: WATCHMAN NEE
TOMADO DE http://es.wikipedia.org/wiki/Watchman_Nee


Watchman Nee (1903–1972) fue un escritor cristiano chino y líder de la iglesia a comienzos del siglo XX. Fue perseguido por los comunistas chinos pasando los últimos 20 años de su vida en prisión. Junto a otros ministros como Wangzai, Zhou-An Lee, Shang-Jie Song fundó la "Sala de Asambleas de la Iglesia", posteriormente conocida como "Iglesias Locales" (En chino: 地方教會).


Watchman Nee se convirtió al cristianismo en 1920, a la edad de 17 años, y comenzó a escribir el mismo año. En 1921 conoció a la misionera británica Margaret E. Barber, quien fue una gran influencia para él. A través de Barber, Nee conoció numerosas obras de literatura cristiana que influyeron profundamente en su vida y en sus enseñanzas. Nee no tuvo estudios teológicos formales, adquirió sus conocimientos mediante el estudio de la Biblia y la lectura de libros cristianos. Durante los 30 años de su ministerio, iniciado en 1922, Nee viajó a través de China fundando iglesias en comunidades rurales y dictó conferencias sobre temas cristianos en Shanghái. En 1952 fue encarcelado a causa de su fe y permaneció en prisión hasta su muerte en 1972.







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