RESUMEN DEL LIBRO "AUTORIDAD ESPIRITUAL"
DEL AUTOR: WATCHMAN NEE.
Este es un libro muy importante que todo cristiano
debería leer con detenimiento, pues contiene muchas enseñanzas tanto teóricas
como prácticas que son útiles para la vida diaria y para el éxito en cualquier
tarea que emprendamos como siervos del Altísimo.
LA AUTORIDAD Y EL PECADO CONTRA ELLA: LA REBELIÓN:
El
autor explica el principio de autoridad que rige el mundo espiritual, donde
existe una jerarquía encabezada por un Dios Triuno, luego los seres
espirituales creados por él, y en tercer lugar nosotros los humanos que también
tenemos espíritus y almas.
Enfatiza
el significado de la rebelión como pecado contra la autoridad y estudia varios
casos de ella expuestos en la Palabra de Dios, así como el ejemplo dado por
nuestro Señor Jesucristo, quien fue “obediente hasta la muerte, y muerte de
cruz”, habiendo aprendido la obediencia por medio del sufrimiento, sin
participar nunca del pecado de rebelión.
Analiza
que nuestro Señor Jesucristo cuando estaba entre nosotros se sometió a las autoridades
gubernamentales y también religiosas de su época.
Sostiene
que el creyente tiene que tener un encuentro con la autoridad de Dios para que
en consecuencia pueda someterse a las autoridades que Dios ha delegado, y que
la sumisión sólo es posible si el creyente vive en el Espíritu. Además se nos
advierte acerca de la resistencia a la autoridad.
También
explica que el quebrantamiento de las leyes de Dios se refiere a la actitud del
corazón, mientras que el pecado se refiere a la conducta del creyente y que la
desobediencia siempre es rebelión, afirmando que esta se manifiesta en una persona
por las palabras que salen de su boca. Es más fácil hablar palabras rebeldes
que realizar actos rebeldes.
SOMETIÉNDONOS A LA AUTORIDAD DE DIOS Y A LA
AUTORIDAD DELEGADA:
Nadie
se puede someter a Dios y obviar someterse a la autoridad delegada por Él, ya
que desechar la autoridad delegada es lo mismo que desechar directamente a
Dios, y esto siempre acarreará pérdida del poder espiritual del rebelde.
Para
los creyentes que sirven a Dios, someterse a las autoridades que Él ha delegado
es vital, de lo contrario puede venir la ira de Dios contra ellos, como sucedió
con Nadab y Abiú, Cam el hijo de Noé, o Aarón y María. La diferencia entre
servir a Dios y “ofrecer fuego extraño” está en la actitud del que lo ejecuta,
ya que en este último caso la persona no se somete a la autoridad de Dios y
esto siempre termina en la muerte. Servir a Dios sin someterse a su autoridad
delegada es actuar en forma independiente y separada de Dios mismo, y esto no
le agrada, ya que pecar contra la autoridad delegada es pecar contra Dios, y la
injuria contra ella trae como resultado la pérdida del poder espiritual.
“La
autoridad no es un asunto de instrucción externa sino de revelación interna”
afirma el autor. El desconocimiento de la autoridad es muy peligroso. “El
pecado de rebelión es más grave que cualquier otro pecado. Cada vez que el
hombre resiste a la autoridad, Dios ejecuta juicio de inmediato.”
Además
de esto, el fracaso de la autoridad delegada por Dios, pone a prueba la
obediencia del creyente, y de esa forma revela el corazón del mismo ante Dios,
ya que este debe tomar la decisión de seguir sujeto a la autoridad (aunque haya
fracasado) o rebelarse contra ella. El autor expone el caso de David, quien no
se atrevió a matar a Saúl porque este era el “ungido de Jehová” como rey de
Israel, aunque eso significaba un retraso en el cumplimiento de los propósitos
de Dios para su propia vida y la de su pueblo.
De
modo que el autor expone un principio que se enuncia de la siguiente manera:
“la sumisión a la autoridad no consiste en someterse a una persona, sino en
someterse a la unción que está sobre esa persona, la unción que vino sobre ella
cuando Dios la ordenó como autoridad”. El que es insubordinado en su corazón
siempre espera que caiga la autoridad, lo cual revela su corazón rebelde. Esto
no debe suceder en la iglesia, pues el Señor espera de nosotros obediencia de
corazón, y así nos diferenciaremos de los incrédulos.
Se
afirma que los cristianos no estamos llamados solamente a creer en el Señor
sino también a obedecerle, dejando fuera toda desobediencia o rebelión.
Es
necesario que nos sometamos a todas las autoridades establecidas por Dios en
los diferentes niveles de nuestras vidas: en la familia las mujeres casadas deben
estar sujetas a sus maridos, los hijos a sus padres, y en general todos
obedecer a los gobernantes y a las autoridades delegadas que Dios ha puesto en
la iglesia.
Esto
sin importar si dichas autoridades son justas o injustas, ya que nuestro papel
sólo consiste en obedecer (lo contrario sería rebelión), y ellas tendrán que
dar cuenta a Dios por su conducta. Es así como Dios no nos considera
responsables si la autoridad que está sobre nosotros comete un error.
El
autor expresa que la única excepción está en Hechos 5:29, cuando Pedro dijo:
“es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres”.
También
asevera que Cristo es la obediencia y también es la autoridad. Cristo (la
cabeza) no subyuga a la iglesia (su cuerpo) sino que entre ambos hay una
relación de estrecha armonía y natural obediencia. La distribución de funciones
en los miembros de la iglesia (el cuerpo de Cristo) es también una forma de
delegación de autoridad.
Respecto
a la rebelión, alega que la rebelión del hombre se encuentra fundamentalmente
en su pensamiento. Todos los que tienen un encuentro con Dios deben desechar
sus propios razonamientos, y basar su conducta en la obediencia, pues Dios es
soberano, y no tiene necesidad de consultarnos ni de que aprobemos lo que Él
quiera hacer. Esto lo alcanzamos si tenemos en cuenta nuestra bajeza al
compararnos con el Creador. Necesitamos eliminar el conocimiento del bien y del
mal que viene de Adán y someternos a la autoridad de Dios.
En
este sentido encontramos que el encuentro con la autoridad de Dios produce en
la persona la desaparición de sus muchas opiniones y razonamientos. Debemos
estar prestos a escuchar y obedecer, no a pensar y decidir. Decir como Pablo:
“Señor, ¿qué quieres que yo haga?” es la actitud correcta. Esto nos dará
verdadera libertad. Todos deberíamos ser tan disciplinados como para no dar
consejos, no argumentar, ni hablar descuidadamente.
Tampoco
debemos escoger a cuál autoridad obedecer, sino que debemos someternos a todas
las autoridades gobernantes.
DIFERENCIA ENTRE SUMISIÓN Y OBEDIENCIA:
Según
el autor, la sumisión es una actitud del corazón, y la obediencia se refiere a
la conducta manifiesta de alguien. Aunque siempre debemos someternos a la
autoridad delegada, no siempre debemos obedecerla, pues la excepción está en el
caso de que dicha autoridad nos ordene hacer algo que vaya en contra de los
mandamientos o principios de Dios.
Dentro
de la iglesia tiene que haber subordinación aunque existan diferentes
opiniones, de otro modo no podremos tener unidad en la fe.
SER AUTORIDADES DELEGADAS:
El
autor enuncia tres requisitos para ser autoridad delegada:
1. Conocer que toda
autoridad proviene de Dios, quien es la máxima
autoridad. Si la persona reconoce que el ser autoridad delegada proviene de
Dios, que no hay ningún mérito en sí misma que sea suficiente para lograrlo,
será reconocida por Dios como siervo suyo y reafirmado su mandato. Dios
respalda y defiende a sus autoridades delegadas, por lo que éstas no tienen
necesidad de defenderse a sí mismas ni tratar de imponerse sobre otros,
quitándoles así su libertad. La evidencia de la autoridad que le es dada a una
persona es la revelación de Dios en su vida.
2. Negarse a sí mismo,
ya que fue llamado a representar a Dios, no a sustituirlo. Esto no significa
que la persona no pueda tener opiniones ni pensamientos, sino que su intelecto,
opiniones y voluntad deben ser quebrantados delante de Dios. Ser autoridad
delegada es representar a Dios mismo, por ello debemos cuidarnos de que
nuestras actitudes y actos no den una impresión errónea del carácter del Señor,
porque si así fuera Él tendría que reivindicarse a sí mismo y por ende nos
apartaría de la autoridad. Ser autoridad delegada no es fácil, porque requiere
despojarse a sí mismo. La persona que es autoridad delegada debe tener un
carácter manso, humilde, sin espíritu juzgador, sino más bien lleno de
benignidad. El ejemplo más claro, aparte del Señor Jesús, es Moisés.
3. Mantenerse en comunión
y comunicación constante con el Señor.
Si se interrumpe la comunión, cesa también la autoridad.
Expone
que para ser autoridad delegada dentro de la iglesia es necesario no sólo ser
ungido por Dios, sino también ser ungido por el pueblo de Dios, ya que nadie
puede promoverse a sí mismo ni imponerse a otros.
Un
principio importante es que aunque alguien sea escogido por Dios para ser su
autoridad delegada, delante del Señor es igual que el pueblo que gobierna.
También
acota que el hombre de autoridad establecida por Dios puede soportar la
provocación y la ofensa, y que el más obediente es el más calificado para estar
en autoridad.
EL MAL USO DE LA AUTORIDAD:
Mientras
más autoridad delegue el Señor, más severo es con quienes la ejercen. En esto
se aplica la palabra que dice que “A todo aquel a quien se haya dado mucho,
mucho se le demandará; y al que mucho se le haya confiado, más se le pedirá.”
Lucas 12:48
Por
lo tanto, los que son autoridad delegada no deberían decidir ni expresar nada
sin antes conocer la voluntad de Dios en el asunto particular objeto de la
decisión.
El
autor indica además que “la autoridad de uno delante de los hombres es igual al
ministerio de uno delante de Dios. La medida del ministerio determina la
proporción de la autoridad.” El ministro tiene que conocer la cruz y la
resurrección, ya que así podrá someterse (cruz) y representar a Dios
(resurrección).
LA ACTITUD DE LA AUTORIDAD DELEGADA:
El
autor recuerda que el Señor Jesús enseñó en Marcos 10 que el estar en autoridad
depende de la voluntad de Dios, y que además el que quiera gobernar a otros
debe hacerse siervo de todos. También en el huerto de Getsemaní, señala cómo el
Señor Jesús llega a la cumbre de su obediencia, buscando en oración saber si su
propia crucifixión era realmente la voluntad de Dios, para así obedecerle sea
cual fuere esta, como en efecto hizo. Esto significa que primero hizo morir su
propia voluntad humana, buscando la de Dios, a fin de obedecerla y que así
brotara la vida de la resurrección.
En
relación a la actitud de la autoridad delegada, el sentimiento de incompetencia
e indignidad son las condiciones de ella, ya que Dios no confía su autoridad a
quien se cree justo y competente. Mientras más humildes seamos, más podrá Dios
usarnos. Mientras más orgullosos y vanidosos seamos, menos podrá Dios usarnos.
Además
la autoridad delegada también debe santificarse a sí misma, como el Señor hacía
(Juan 17:19). Debe estar dispuesto a abstenerse de muchas cosas que le serían
perfectamente lícitas, de modo de ser refrenados por el Espíritu de Dios, para
poder ser ejemplo de todos, sin llegar a considerarse especial o superior a los
demás hermanos por esto. Las autoridades delegadas tampoco deben manifestar sus
propios sentimientos u opinar o actuar descuidadamente o con rebeldía, sino más
bien deben alabar al Señor por ver su gloria. No deben hacer nada que de rienda suelta al
desenfreno. Dado que la autoridad se basa en la santificación, mientras mayor
es la autoridad, mayor debe ser la separación de la gente común.
Afirma
que Dios no permitirá que sus autoridades delegadas actúen inmoderadamente,
sino que estas deben tener el temor de Dios dentro de sus corazones. Por lo
tanto, hay límites en todas las esferas de la autoridad establecida por Dios,
por ejemplo hay límites y lineamientos en la relación esposo-esposa,
padres-hijos, amos-esclavos (llevándolo a la actualidad sería patrono-trabajador), gobernadores-gobernados, autoridades delegadas en
la iglesia-resto de los creyentes. Estos son muy importantes pues están en la
Palabra de Dios y todos los creyentes deberíamos conocerlos.
También
el autor acota que Dios no tiene la intención de que la iglesia sea la que
gobierne en éste tiempo, como algunos predicadores afirman. Esta acotación la
basa en que en el Nuevo Testamento no hay instrucciones para la iglesia sobre
cómo ser gobernantes. En cambio en el Antiguo Testamento sí hay instrucciones
para gobernar y son hacerlo con rectitud, imparcialidad, justicia, y cuidar de
los pobres.
Finalmente,
el autor nos exhorta a que seamos santificados en vida y conducta, que salgamos
fuera de lo común, apartados para Dios, a fin de que tengamos utilidad en el
ministerio. Que paguemos el precio de la autodisciplina para conseguir el
respeto y evitar el menosprecio de los demás, a fin de representar de forma
adecuada a Dios. No exaltándonos, pero tampoco permitiendo que nos
menosprecien.
REFLEXIÓN FINAL
Que
Dios nos ayude a vivir como Él quiere que vivamos, que nos libre de
pensamientos, actitudes y palabras rebeldes, ya que “los rebeldes habitan en
tierra seca”. Y que tengamos en nosotros el temor de Dios para refrenar todo
nuestro ser en disciplina y ser enseñados por el Espíritu Santo, y así hacer la
voluntad de Dios en nuestras vidas.
SOBRE EL AUTOR: WATCHMAN NEE
TOMADO DE http://es.wikipedia.org/wiki/Watchman_Nee
Watchman Nee (1903–1972) fue un escritor cristiano chino y líder de la iglesia a comienzos del siglo XX. Fue perseguido por los comunistas chinos pasando los últimos 20 años de su vida en prisión. Junto a otros ministros como Wangzai, Zhou-An Lee, Shang-Jie Song fundó la "Sala de Asambleas de la Iglesia", posteriormente conocida como "Iglesias Locales" (En chino: 地方教會).
Watchman Nee se convirtió al cristianismo en 1920, a la edad de 17 años, y comenzó a escribir el mismo año. En 1921 conoció a la misionera británica Margaret E. Barber, quien fue una gran influencia para él. A través de Barber, Nee conoció numerosas obras de literatura cristiana que influyeron profundamente en su vida y en sus enseñanzas. Nee no tuvo estudios teológicos formales, adquirió sus conocimientos mediante el estudio de la Biblia y la lectura de libros cristianos. Durante los 30 años de su ministerio, iniciado en 1922, Nee viajó a través de China fundando iglesias en comunidades rurales y dictó conferencias sobre temas cristianos en Shanghái. En 1952 fue encarcelado a causa de su fe y permaneció en prisión hasta su muerte en 1972.